Policías del Mundo

Cap.36

POLICIAS   DEL  MUNDO

POLICIA, de Maquiavelo* a Fouché*

Dr. GREGORIO MARAÑON*

I

            La policía es un servicio del Estado cuya importancia nadie niega pero que se incluye en la categoría de las organizaciones secundarias y, hasta cierto punto, desagradables, al modo de algunos aparatos de nuestro organismo indispensables para la vida, pero de clase inferior, como el riñón o el colon, encargados de eliminar las materias nocivas a la salud. El Estado vive “pensamos” de su economía, de su industria, de su agricultura y comercio, de su equilibrio exterior, de sus hombres de ciencia y sus artistas que dan decoro al espíritu nacional y forjan, en definitiva, lo más respetable de su historia. Al margen de estas actividades insignes, la policía actúa en la sombra, suavizando la vida material del país merced a la vigilancia de hombres anónimos y de nombradía secundaria.

            Todo esto merece una revisión.

II

            Los datos que nos proporcionan los grandes diccionarios y los manuales especializados sobre la historia de la policía son por demás pobres. Lo único que se puede deducir de ellos es lo que cualquier lector de la historia universal percibe ya, a saber: que la policía como organización eficaz, no comienza hasta los tiempos del Directorio y sobre todo del Consulado y del imperio napoleónico . Aquel genial malandrín que se llamó Fouché* es su verdadero fundador.

            Antes de esta época, desde que empiezan los estados modernos en Grecia y Roma, y durante las monarquías de la Edad Media* y en los primeros siglos de la edad moderna, el Estado no tenía medios coercitivos civiles, organizados y especializados, que se pudieran comparar a la policía de ahora. La policía, esquemáticamente, cumple dos fines: mantener el orden público y captar la información que le conviene saber al gobierno para el mantenimiento de ese orden y para su relación internacional. Es, pues, como el brazo armado interior (hay otro exterior, el ejército) y como el oído sutil del Estado.

            Por lo mismo, para el mantenimiento del orden interior, el Estado antiguamente se servía aun en tiempos normales, del ejército mismo. Se combatía al pueblo o a los nobles insurrectos con las mismas armas y los mismos métodos que al enemigo exterior. El mismo brazo armado servía para los dos fines, como hoy ocurre en circunstancias excepcionales cuando se declara el llamado “estado de guerra”.

            En cuanto a la misión Informativa, los reyes se servían de un espionaje esporádico, ya voluntario, ya encargado a individuos que se prestaban a ello por convicción o por lucro, como aún se hace hoy también en tiempos de guerra. Con frecuencia eran estos espías servidores de confianza o amigos de los monarcas o grandes señores. Hasta entrado el siglo XVIII los frailes, que gozaban de una inmunidad casi universal y que entraban y salían libremente de todas partes, fueron, asimismo, muchas veces encargados de este oficio; y otras, los espías seglares se disfrazaban con hábitos de fraile por la misma razón. Era igualmente común el uso de comerciantes o del disfraz de comerciantes con idéntico fin, pues las fronteras estaban imperfectamente vigiladas y eran de manga muy ancha para el paso de los traficantes. La condición de peregrinos, que fue no sólo devoción sino profesión extendidísima casi hasta nuestros tiempos, era otra treta habitual en estos balbuceos de la policía informativa interior y exterior.

III

            Cierto que hubo intentos de creación de organizaciones policiales en toda Europa en la época de las monarquías absolutas. No los podemos examinar aquí. Citaremos sólo, por referirse especialmente a nuestra historia y porque se trata de temas debatibles, la Santa Hermandad y la Inquisición.

            Cuando intentaron los Reyes Católicos -intentaron generosamente, sin lograrlo más que a medias- realizar la unidad nacional, la Península salía de un período multisecular de guerras civiles: la Reconquista contra los moros, que en gran parte fue una verdadera guerra civil, las contiendas entre los diversos reinos de España, guerras civiles también, y las luchas fratricidas, archiciviles, que dentro de cada reino se encendían por un quítame allá esas pajas entre los monarcas y los nobles feudales o entre éstos mismos. En este ambiente atroz se gestó la nacionalidad española, y así como las enfermedades que sufre la madre durante el embarazo influyen en la inédita criatura, así también el signo de la guerra civil había de influir para siempre en la nueva y gran nación próxima a alumbrarse. En el reinado de Enrique IV, el mal llamado impotente, aquella complicada riña peninsular llegó a su grado máximo. España parecía que iba a reventar en pedazos, víctima de la tremenda efervescencia interior. Fue entonces cuando, según la ley turbadora de la biología, de una familia de dementes nació una mujer genial: Isabel de Castilla. El ciego amor, que a veces ve más claro que todas las conveniencias, la unió, contra el parecer de los videntes diplomáticos, a Fernando de Aragón. Y del enlace resultó una hora insigne para España.

            Una hora insigne que pudo ser definitivamente dichosa si no hubieran recortado y constreñido su eficacia histórica en su definitivo valor. Una fue, como tantas veces se ha dicho, el descubrimiento de América, que por sí sólo consagraría la gloria de una nación y justificaría, contra todo un mundo de negaciones, la misión de un pueblo y de una raza; pero que, por ocurrir cuando España todavía estaba aún en la infancia de su nacionalidad, inhibió la madurez de ella. La otra circunstancia fue el hecho fatal de que doña Isabel era, biológicamente, más fuerte que don Fernando. La unión de Castilla y Aragón hubiera sido - hoy no puede dudarse - infinitamente más fecunda sí don Fernando hubiera predominado sobre doña Isabel. Porque don Fernando representaba el litoral y doña Isabel la meseta. Y la política que convenía a una España a la que Dios acababa de dar la misión de descubrir América, convirtiéndola así en potencia universal, era una política de litoral y no de meseta. Lo que ambas políticas significan y en lo que se diferencian y las consecuencias de que España siguiera una y no otra, son problemas capitales, no sólo de nuestra historia, sino de la historia universal; problemas demasiado prolijos para ser tratados aquí.

            Lo que queríamos decir es que los Reyes Católicos sabían bien que la unidad de España era problema muchísimo más hondo que acoplar reinos mediante enlaces matrimoniales y que conquistar a los moros sus últimas tierras. Por debajo de estas gloriosas pero superficiales apariencias, había que rematar lo más entrañable de la ansiada unidad; había que terminar con la insurrección latente del feudalismo de los próceres; con la indisciplina descarada de las órdenes religiosas, con la resistencia de los judíos y marranos a incorporarse al catolicismo, que era no sólo la religión del Estado, sino la razón de la vida del Estado; había que acabar con el bandolerismo de los menesterosos y de los salteadores de profesión, y había, por último, que dar una unidad administrativa a las diversas regiones del nuevo Estado, varias de ellas gobernadas por fueros seculares y por seculares infinitamente respetables.

            A cumplir una parte de esta empresa gigantesca respondió la creación de la Santa Hermandad y de la Inquisición. No hablaremos aquí de otros intentos, como la reforma de las órdenes religiosas, que con mano de hierro emprendió algún tiempo después el gran Ximenes de Cisneros, y que fue también una verdadera medida de policía.

IV

            La Santa Hermandad era una organización policíaca, embrionaria, civil aunque amparada en un nombre y en un signo religioso, para defender al ciudadano pacífico de la bribonería de grandes y chicos que andaba suelta por el solar nacional. Fue muy eficaz. En poco tiempo, gracias a ella y a la gran autoridad de los monarcas que estaban detrás, se pudo, desde poco después de su fundación, circular por los caminos sin temor a ser desvalijado, y se pudo dormir fuera de las grandes ciudades sin fortificar las viviendas como si fueran castillos. La Santa Hermandad - policía admirable pero circunstancial - dejó pronto de ser una necesidad y se extinguió.

V

            Mucho más importante es el tema de la Inquisición. Para mí, es evidente que la llamada Inquisición Nueva, la que crearon los Reyes Católicos, en virtud de la Bula que en 1478 expidió Sixto IV ante la reiterada petición de Fernando e Isabel, tuvo desde su comienzo un genuino sentido policiaco. No ignoro las discusiones que ha suscitado la afirmación de que el Santo Oficio intervenía demasiado en asuntos civiles. Pero quien estudie profundamente la cuestión se convencerá no sólo de dicha actividad extrareligiosa, sino de que, repito, se trató originariamente de una verdadera policía sin limitaciones en cuanto a sus fines, y, por lo tanto, así religiosa como civil.

            Sin duda, el fin principal de la Inquisición era defender la unidad religiosa, sobre todo contra los que más gravemente la amenazaban: contra los judíos falsamente convertidos. Pero la unidad religiosa era ya en sí misma un problema político y no sólo religioso, ya que el poderío de la España naciente se asentaba precisamente sobre la unidad religiosa. Al perseguir la herejía, el tribunal inquisitorial hacía, pues, política temporal, civil. Mas al margen de ello la Inquisición actuó también, y desde sus comienzos, en asuntos que en nada afectaban a la fe o que, a lo sumo, sólo se podían relacionar con ella por sutiles argumentaciones.

            Los Reyes de España tenían su autoridad limitada por una serie de privilegios de los nobles, de los monasterios y cabildos, de los municipios y comunidades, y además, fuera de Castilla, por los fueros de regiones poderosas, sobre todo los de Aragón. Este vasto y rico reino tenía tales peculiaridades administrativas, fieramente mantenidas, que, por ejemplo, los perseguidos de Castilla podían acogerse a él y escapaban prácticamente de la jurisdicción real. Constituía Aragón un verdadero asilo, no sólo de fugitivos políticos, sino a veces de vulgares facinerosos.

            Ahora bien, el único poder que podía saltar por encima de estos privilegios consuetudinarios y de estos fueros excepcionales era el de la Iglesia. Y he aquí porqué, en nombre de ella, se sirvieron los reyes de España de la Inquisición como de una policía todopoderosa. NO es esto ofender a la Inquisición, como presumen algunos de los quisquillosos defensores de este tribunal, españoles y extranjeros, en la hora actual de reivindicación, en gran parte justa del Santo Oficio, pues la mayoría de las veces que los reyes hicieron un uso civil de él, fue con fines justos, en contra de lo que decían sus sistemáticos detractores de antaño. Lo malo fue el equívoco peligroso de utilizar el nombre de Dios y el sagrado deber  de defenderlo como  pretexto para fines que, justos o injustos, eran de la jurisdicción del César y no de la divina. Los gobernantes de todo tiempo han hipertrofiado la categoría de los pretextos de sus resoluciones y leyes, y no fue ésta la única ocasión en que se invocó a la divinidad para realizar cosas que nada tenían de divinas; mas quizás, nunca como ésta, con tanta persistencia y con tanto aparato en el fraude. El hecho es que de este equívoco nació la inmensa impopularidad que ahogó al Santo Oficio a partir del siglo XV, y que todavía entenebrece su recuerdo.

            Un caso típico y muy resonante de la utilización policíaca de la Inquisición fue la algarabía de Zaragoza cuando se refugió allí, huyendo de la cárcel de Madrid, Antonio Pérez, el secretario de Felipe II. Este, que tenía toda la razón contra Pérez -a pesar de cuanto han dicho los historiadores del siglo XIX-, no podía actuar contra el fugitivo una vez que se acogió a los fueros aragoneses. El rey lo perseguía, no por espíritu de venganza, sino porque sabía todo el peligro que para el Estado español tendría la libertad  impune de su desleal servidor. Y, agotados los recursos ordinarios, hubo que recurrir al Santo Oficio, única organización que podía retener al preso, descubrir a sus cómplices y guardar las fronteras si pretendía huir; en suma, la única organización policíaca eficaz de que podía disponer aquel gran rey, en realidad debilísimo soberano de sus reinos. Fue necesario para ello inventar a medias un pecado de herejía; y esta semi invención injusta es lo único que los historiadores han visto y juzgado de aquel suceso y lo que ha servido de base a la condenación del rey español y a la glorificación de Pérez, una y otra, por igual, injustas.

            Los ejemplos podrían multiplicarse. Conforme pasaba el tiempo la herejía se desvanecía como peligro estatal, y la Inquisición dejaba de corresponder cada vez más al título y al pretexto de su creación. Sólo servía como policía eficaz, pero el equívoco de su significado hacíase cada vez más potente, y con ello aumentaba la odiosidad popular. Y murió de impopularidad, que es como mueren los grandes poderes terrenales cuando dejan de ser legítimos.

VI

            Fueron éstos y otros que podrían citarse, titubeos de la policía civil, que aún no había nacido. La policía moderna surgió con el Estado nuevo, hijo de la Revolución Francesa. A partir de ésta, el pueblo se convierte en un factor legal y permanente de la política interior. Su intervención no es ya, como hasta entonces, la puramente episódica de aclamar a los reyes en los días de júbilo nacional y de cuando en cuando alborotar en las calles en las épocas de hambre o de otros motivos de desesperación o de mal humor. Su obra es de colaboración y de responsabilidad, que, cosa extraña, sólo perderá en adelante cuando cree ejercerla con la máxima plenitud, es decir, en las horas de revolución.

            Pero ese papel de colaboración y de responsabilidad exige un órgano intermedio entre el pueblo mismo y el poder para enlazarlos entre sí, para mutuamente ayudarse y para eventualmente defenderse el uno del otro. Ese órgano es la policía, que al principio parece una fuerza meramente coercitiva y poco a poco va adquiriendo las gigantescas proporciones que corresponden a su trascendente fin.

 

VII

             En el mundo actual, en efecto, la policía es una de las piezas fundamentales del Estado. La eficacia global de un país se podría medir hoy por la eficacia de su policía. No nos damos cuenta de ello en toda su plenitud. Es más importante que el ejército, porque hay países que pueden vivir prácticamente sin ejército, y ninguno puede vivir sin policía.

            El estado del porvenir puede soñarse sin ejército, pero con una policía aún más poderosa que la de hoy. Es más importante que las organizaciones legislativas y económicas, puesto que todas ellas pueden suspenderse durante un cierto tiempo, sin que el país sufra gravemente, a condición de que su policía se conserve intacta. De sistema simplemente purgatorio o eliminativo, la policía se ha convertido en un verdadero sistema nervioso del Estado, que mantiene enlazados y coherentes sus distintos órganos y que responde a las contingencias urgentes con la rapidez y con la exactitud de los reflejos.

            En verdad, si analizamos las diferencias entre el Estado moderno y el Estado de los siglos  anteriores al XIX, quizás ninguna sea tan profunda y significativa como la de la aparición de la policía. Y obsérvese que la policía poderosa es elemento común al Estado moderno, cualquiera que sea su matiz político, es decir, tanto en las democracias más avanzadas como en las dictaduras. Digan lo que quieran las leyendas, en lo que más se parece  Nueva York a Berlín es en su policía. Pequeñas diferencias que en el ejercicio habitual de la vida pueden parecer grandes, no afectan a la identidad radical. Es más: cuando se piensa en un Estado futuro que reúna las ventajas del autoritario y las del democrático, la fórmula intermedia sólo se entrevé a base de una policía perfecta, que frente al poder asegure a cada ciudadano sus derechos sin el peligro de que los ciudadanos se los adjudiquen y se los administren por su cuenta, y que, a su vez, exija al ciudadano el riguroso cumplimiento de su deber, diverso e intransferible. Una policía, en suma, no solamente poderosa en su técnica, sino aséptica de intención política.

VIII

            Esta policía madura, llena de jerarquía y de dignidad, evitaría en lo futuro las dos grandes plagas de nuestra especie humana: la revolución y la guerra. Se vislumbra el día en que el ser policía deje de ser, como todavía hoy, algo ligeramente depresivo para convertirse en aristocracia. Y en que se vea claro que el verdadero precursor del Estado moderno fue - quién lo dijera - aquel servidor de todos los regímenes, aquel incansable cambiador de camisas que se llamó Fouché *.

            Y es que los precursores son muchas veces, en la realidad o en la apariencia, inmorales. El ejemplo crucial es Maquiavelo *. Pero lo importante en ellos no es la moralidad, sino las ideas abstractas. La moral viene después, acarreada por la civilización. En el caso de Fouché, hoy empezamos a ver que no se equivocaba al servir, con tan aparente desaprensión, al Estado, que es lo eterno, haciendo caso omiso de la política, que el tiempo acaba siempre por aventar.

 

Publicado en “La Nación”, Buenos Aires, 26 de abril de 1942. Versión resumida.  

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